No escribo todos los días

Un escritor debe escribir todos los días, fueron los consejos que me dieron otros escritores y en los talleres que tomé, y en los libros que leí. Durante mis inicios como escritora me frustraba porque no escribía diariamente. Me sentía menos, que no iba a crecer, que me iba a quedar estancada, que sería una escritora mediocre y no como me visualizaba. Admiraba en silencio a esos escritores que lo hacían diariamente.

Tratar de escribir todos los días cuando uno comienza es de suma importancia. Aprendí que hacerlo, cuando podía, me iba a ayudar a poder narrar mejor historias, a encontrar mi voz de escritora, a adentrarme en el mundo que estaba creando, a madurar y crecer.

Sin embargo, no podía hacerlo todos los días.

Mi día a día

Para mis comienzos era ama de casa, y aún lo soy. Había que llevar los niños a la escuela, a sus actividades extracurriculares, sentarme con ellos a estudiar, hacer los quehaceres del hogar. Y los fines de semana se salía o era para hacer proyectos o ir a competencias. Me concentraba en mis responsabilidades como ama de casa y dejaba para cuando tuviese tiempo el escribir.

Ser ama de casa no significa que soy escritora a tiempo completo como ya pudiste darte cuenta por el párrafo anterior. Hago la aclaración porque varias personas asumieron que era de esa manera.

El escribir de vez en cuando y cuando pudiera me frustraba, me hacía sentir culpable por no sentarme a escribir. No fue hasta que decidí hacer un horario que pude reservar varias horas de mi día a día para dedicarme a escribir la historia que vivía en mi cabeza y deseaba plasmar en las páginas de mis libretas, en mi computadora.

Por eso, saqué mi agenda y desglosé en ella mi horario de lunes a viernes.

Mi agenda como la mejor amiga de mi escritura

Temprano me levantaba para levantar a mis hijos y hacerles el desayuno y sacar su uniforme. Llevaba al nene a la escuela y regresaba a casa. Echaba una tanda a lavar y comenzaba mi rutina de escritura al sentarme a escribir por dos horas. Antes del medio día, cocinaba la cena y aprovechaba para almorzar. Enganchaba la ropa y limpiaba lo que me tocaba en ese día. Salía a buscar al nene a la escuela y luego a la nena. Si tenía que esperar a que la nena terminara tutorías u otra clase, me llevaba mi libreta para seguir escribiendo en el carro si el nene no tenía asignaciones.

Regresaba a casa a que se bañaran, a que la nena hiciera sus asignaciones, que comieran para salir a las practicas de coro y luego a las de esgrima. Ya en casa, en la noche, me bañaba y me tiraba a la cama a leer o a ver una serie o película con mi esposo. Por supuesto, luego de acostáramos a dormir a los nenes.

Cuando la nena comenzó la universidad, mis horarios cambiaron y los fui adaptando a cómo me iba ir moviendo aquí y allá para llevar al nene a la escuela y a la nena a la universidad. En sus últimos semestres, luego del covid, que fue otro ajuste en mi rutina de escritura, si ella solo estaba en la universidad por varias horas, aprovechaba para quedarme en el área y escribir. Ella estudiaba en el Viejo San Juan y mi nueva novela, TAOTA, la tres cuartas partes del primer libro se desarrolla en esta histórica ciudad.

No escribo todos los días.

He hecho un balance entre mi vida personal y mi escritura. Pero a veces hago trampa. Me siento a escribir de lunes a viernes, hay días en los que no puedo por cualquier razón fuera de mi control. Así que trato de ajustar mi rutina de escritura en los días restantes, si se puede, para cubrir lo que no pude hacer.

Sin embargo, los fines de semana no escribo. Y aquí es que hago trampa.

De vez en cuando hago trampa

Me gusta dejar los fines de semana para pasarlos con mi familia. Para ir al cine, para pasear, ir a comer o tan solo vegetar tirados en el sofá viendo series y/o películas, o jugando juegos de mesa. Hago trampa cuando cada cual en casa, porque los nenes ya están grandes, están haciendo lo suyo o durmiendo, y me pongo a escribir.

El domingo pasado, cuando salí de la misa, tenía unos deseos incontrolables de retomar la historia. Llegué a casa, saludé, busqué la computadora y me encerré en mi cuarto. Ni tan siquiera me quedé en mi estudio. Por dos horas me puse a editar, a reescribir. Trabajé en dos capítulos y un tercero lo dejé a mitad y lo terminé al día siguiente.

Estructurar tu rutina de escritura

Tener esta rutina de escritura me tomó tiempo. Arranqué cuando me di cuenta que debo visualizar mi día a día para tener en mente cuando me puedo sentar a escribir para mantener ese compromiso con ni ser creativo, con mi yo escritora. Suena cursi, pero así lo veo. Me estructuré y me organicé para mantener mi rutina de escritura y alcanzar mis objetivos, y llegar a la fecha límite establecida en las diferentes etapas de proceso de escritura. De eso te cuento en otra entrada.

Mi consejo es que tomes tu agenda y la mires detenidamente. Solo tú conoces cómo corre tu día a día y en que momento puedes sentarte a escribir.

Yo no soy madrugadora, pero si tu puedes levantarte dos horas antes de ir a trabajar para ponerte a escribir. Hazlo.

Si puedes escribir media hora durante el almuerzo. Hazlo.

Si puedes sacar 15 minutos en la mañana, 15 minutos durante el almuerzo y 15 minutos en la tarde para escribir. Hazlo.

No todos los días vamos a poder escribir. Yo trato de hacerlo de lunes a viernes. Sin embargo, al tener mi rutina, al fluir y ajustarla cuando ocurren cosas fuera de mi control que no me permiten sentarme a escribir, me da paz. Eso, es importante. Y si puedo hacer trampa los fines de semana, pues lo hago.

Esta es mi rutina de escritura sostenible, y deseaba compartirla contigo. Compartir nuestras experiencias siempre es bueno, uno no sabe cuando sirvan de ayuda a otros. También, contestar esas preguntas de si me siento a escribir todos los días y que conocieras el porqué no lo hago.

Me despido, felices escrituras.

Alexandra Román