Motivación, inspiración, excusas. Tres cosas a las que me aferré cayendo en mi propia trampa.
Al comienzo de mi carrera como escritora, desconociendo que no debía confiar en ella, la esperaba por horas, por días, por semanas. La esperaba como esperaba a papi en mi niñez y no llegaba. Él aparecía días después para recogerme para pasar varios días con él porque estaba en Puerto Rico. Mis padres estaban divorciados, lo cual era la rutina que vivía durante mi niñez y juventud.
Esperaba a papi en la entrada de la casa de abuela, donde una muralla se alzaba majestuosa y sobre la que me sentaba a esperar. La mirada puesta en la distancia donde la calle comenzaba. La casa de abuela estaba situada casi estratégicamente en la curva del paseo, como si mis abuelos hubiesen tenido la visión de lo que en el futuro le depararía a su nieta.
Algo similar hacía a la espera de la llegada de la motivación cuando me sentaba a escribir. Esta vez no sentada sobre la muralla, sino en el escritorio o en el sofá, con libreta y lápiz en mano. La mirada perdida sobre el papel en blanco.
Luego aprendí que no debía esperar por la motivación, sino por la inspiración. Esa que encendiera la llama en mí, que me haría el pecho arder y activaría mis neuronas. La ambrosia que dan a beber las musas a sus criaturas predilectas, los seres creativos.
No sé si la inspiración es prima o hermana de la motivación, pero algo de relación tienen. Pues una palabra o un suceso me motivaba o inspiraba a escribir. Las encontraba similares y ya no sabía cómo llamarles.
Esa también me hizo esperar al igual que la otra.


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